viernes, 28 febrero, 2025
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Periodistas al servicio del poder: la cloaca de operadores mediáticos

Uruguay está siendo testigo de una mascarada nauseabunda que desnuda al periodismo como lo que realmente es: una pandilla de operadores mediáticos al servicio de la izquierda y del consenso socialdemócrata, es decir la clase política en su conjunto; que Yamandú Orsi representa con su gobierno entrante del 1 de marzo de 2025.

Lo que alguna vez se vendió como un oficio noble, dedicado a la verdad y la fiscalización del poder, se ha convertido en una farsa grotesca  donde comunicadores como Martín Lees, Iliana da Silva, Verónica Amorelli y Leonardo Silvera abandonan sin pudor las redacciones y los sets de televisión para trepar a cargos públicos en la administración de Orsi. Lo cual deja en evidencia entre líneas que estos 5 años anteriores se dedicaron a operar mediáticamente.

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Esto no es un cambio de profesión; es la confesión definitiva de que su supuesta independencia fue siempre una mentira,  una herramienta para manipular a la opinión pública y apuntalar una agenda política que ahora los recompensa con sueldos estatales. El periodismo uruguayo no tiene credibilidad porque nunca la tuvo: es un nido de propagandistas disfrazados de informadores.

Tomemos a Martín Lees,  por ejemplo. Durante más de 30 años fue el rostro de Subrayado en Canal 10, que leía noticias con esa calma impostada que hacía creer a las abuelas que estaban frente a un periodista serio. En diciembre de 2024, tras un retiro que duró lo que un suspiro, anunció que será el director de Comunicación Presidencial de Orsi. ¿Qué hacía Lees en 2019, cuando entrevistaba a Daniel Martínez en plena campaña? ¿O en 2015, cuando cubría los actos de Tabaré Vázquez? Su tono neutro, sus preguntas tibias, eran puro teatro: estaba allanando el camino para el Frente Amplio, operando desde las sombras mientras fingía imparcialidad.  Ahora, desde la Torre Ejecutiva, no informará: maquillará discursos y filtrará verdades incómodas.

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Luego está Iliana da Silva, la sonrisa confiable de Telemundo en Canal 12. Hasta enero de 2025, presentaba el noticiero de las 19 con esa mezcla de serenidad y autoridad que la hacía parecer una fuente fiable. Pero su anuncio de que será subdirectora de Comunicación bajo Lees destrozó esa credibilidad. ¿Recuerdan su cobertura del paro general de 2022, cuando el PIT-CNT paralizó el país? Su relato fue tan suave con los sindicatos —aliados históricos del Frente Amplio— que parecía un publirreportaje.  Durante años, da Silva usó su silla en el noticiero para moldear percepciones, no para cuestionarlas. Su salto al gobierno es la prueba: no era periodista, era una operadora mediática esperando el momento de cobrar su cheque en la administración socialdemócrata.

Verónica Amorelli, panelista de «Esta boca es mía» también de Canal 12, es otra pieza de este rompecabezas podrido. El 15 de enero de 2025, entre lágrimas y frases vagas sobre “nuevos horizontes”, se despidió del programa para sumarse a la secretaría de prensa de la Intendencia de Canelones, el feudo de Orsi donde el Frente Amplio reina desde hace décadas. ¿Qué decía Amorelli en 2023, cuando debatía sobre los impuestos municipales en el programa? Criticaba con la boca chica, siempre cuidando de no herir a sus futuros jefes.  Su paso por la órbita de Carámbula en 2020, como asesora informal, ya olía a compromiso político. Ahora, desde Canelones, seguirá operando, pero sin el esfuerzo de fingir neutralidad. Su credibilidad era tan sólida como un castillo de naipes en un huracán.

Y no olvidemos a Leonardo Silvera, otro de los “serios” de Telemundo. Este comunicador, anunció el 20 de enero de 2025 que dejaba Canal 12 para un “cargo técnico” en el Ministerio de Interior.

El periodismo uruguayo, casi en su conjunto, es una maquinaria al servicio de la izquierda socialdemócrata, no solamente frenteamplista, ya que el sistema es perpetuado por todos los partidos políticos, que han hegemonizado el relato desde los años 90. Estos operadores no informan: manipulan. Durante décadas, han usado los medios como trincheras para imponer una visión del mundo donde el Frente Amplio es el héroe y cualquier alternativa es el villano.

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 ¿Quién no recuerda las coberturas edulcoradas de los gobiernos de Vázquez y Mujica? Los titulares de El País o las notas de Canal 4 y 10 sobre el “milagro uruguayo” de la bonanza económica ignoraban las deudas, la inflación y los negociados que hoy explotan en la cara del país.  Mientras tanto, cualquier crítica al modelo socialdemócrata —subsidios eternos, estatismo asfixiante, corrección política— era silenciada o ridiculizada como “neoliberal” por estos mismos comunicadores.

Estos periodistas no son creíbles porque su oficio nunca fue informar, sino adoctrinar. Han convertido la opinión pública en un rebaño domesticado, incapaz de cuestionar el evangelio progresista que predican desde sus púlpitos mediáticos.  Cada entrevista complaciente, cada silencio calculado, cada debate amañado fue un ladrillo en el muro del consenso socialdemócrata que aplasta la diversidad de pensamiento. Y ahora, con Orsi en la presidencia, recogen su premio: cargos públicos donde seguirán manipulando,  pero sin el esfuerzo de disfrazarse de independientes.

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El 1 de marzo de 2025, cuando Orsi asuma, no sólo tomará las riendas de un país; heredará un ejército de operadores mediáticos que han pasado de las redacciones a los despachos sin un gramo de vergüenza.  Esto no es un éxodo laboral; es un golpe mortal a cualquier ilusión de que el periodismo uruguayo tiene algo de integridad. Son un fraude, una estafa a los ciudadanos que aún creen que detrás de las cámaras hay algo más que ambición y servilismo. Mientras Lees escribe discursos, da Silva filtra titulares, Amorelli calla verdades y Silvera ajusta números, el país se queda con menos voces y más ecos de una izquierda que ya no necesita máscaras para mostrar quién manda.

Por Pedro Ponce de León.

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